El Perú tiene una relación complicada con su memoria política. Cada proceso electoral parece empezar desde cero: reaparecen las mismas frustraciones, los mismos temores y las mismas promesas de cambio. A veces da la impresión de que el país enfrenta problemas nuevos, aunque muchos de ellos nos acompañen desde hace décadas.
En cada elección, una parte importante del electorado termina decidiendo su voto bajo el impacto del momento: la frustración acumulada, el temor al futuro o el desencanto con la política. En esas circunstancias, el análisis suele quedar en segundo plano. Sin embargo, mientras las emociones son pasajeras, las decisiones tomadas en las urnas terminan influyendo durante años en la economía, el empleo y la estabilidad de millones de familias.
El fondo del problema no empieza únicamente en la política, sino en la manera desigual en que se construyó el desarrollo del país. Las democracias más sólidas del mundo no surgieron de un día para otro. Antes de consolidar sistemas políticos estables, construyeron economías más productivas, instituciones más fuertes y sociedades donde la igualdad ante la ley avanzó junto con el crecimiento económico. Democracia y desarrollo caminaron de la mano.
En el Perú, en cambio, existen enormes diferencias entre regiones y al interior de ellas. Mientras algunas zonas lograron integrarse al crecimiento económico, otras siguen atrapadas en economías de subsistencia, con baja productividad y pocas oportunidades de progreso. Para millones de personas, la democracia se percibe como algo distante, incapaz de mejorar realmente su vida cotidiana.
La segunda vuelta y el voto del “menos malo”
Esa desconexión explica parte del malestar político actual. En democracia no existe el candidato perfecto y, muchas veces, quienes llegan a la segunda vuelta representan solo a una minoría del electorado. Por ello, gran parte de la población no se siente identificada con las opciones finales.
Aunque algunos defiendan el voto viciado como una forma de protesta, la mayoría de ciudadanos termina haciendo lo que mejor sabe hacer toda democracia en crisis: resignarse a escoger entre lo malo y lo menos malo. Así, el voto deja de ser una elección inspiradora y se convierte en una decisión defensiva. Ya no se trata de elegir al mejor candidato, sino de apostar por aquel que, con algo de suerte, haga menos daño.
Del “menos malo” al que haga menos daño
En ese contexto, la elección deja de tratarse del candidato perfecto, que no existe, pasa a una decisión más práctica: identificar cuál de las candidaturas puede generar menos daño.
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